martes, 21 de julio de 2009

Juan y las Cuentas Mágicas


Había una vez un chico que se llamaba Juan. Juan vivía en un pequeño pueblo en Andalucía con sus cinco hermano menores, su madre viuda y, claro, muchos gatitos quien nadie sabían de donde eran. La familia tenía una vida sencilla, vivía en un pequeño casa con una vista del rió, cultivaba su propio alimento, trabajaba en los jardines y el campo, y pasaba mucho tiempo junta. Aunque Juan amaba a su familia, deseaba experimentar nuevas cosas. Para ganar dinero, Juan llevaba productos que su familia había producido como dulces, joyas y comida al mercado de la ciudad cada fin de semana.
Un día Juan dirigía hacia el pueblo con su burro y las cosas para vender en el mercado. Dijo hasta luego a su familia y caminó a la ciudad. Andaba por el rió, la montaña y todo el hermoso paisaje de Andalucía y finalmente llegó a Granada.

Cada vez que el veía la ciudad, él se emocionaba. Había montones de gente en la ciudad, turistas de los Estados Unidos, Francia, Inglaterra, Sudamérica, Rusia e incluso Asia.

Había vendedores, españoles e inmigrantes, en cada esquina vendiniendo el mazapán, los abanicos, trajes tradicionales de flamenco y mucho más.

En la ciudad había muchos mas jóvenes, quedando en las calles y teniendo un botellón. Juan especialmente le gustaba ver los coches y autobuses y toda la modernidad de la cuidad.

¡Que diferente de su pequeño pueblo! Juan pasaba el día hablando con la gente y vendía sus cosas. Cuando el sol comenzaba a ponerse, él empacaba sus cosas y comenzaba a caminar hacia su casa.
Justo afuera del cuidad él vio una bellísima mujer gitana. Ella llevaba un hermoso vestido de flamenco con muchos collares brillantes y anillos opulentos en cada dedo. Ella agarró su muñeca y dijo, “Oye chico, ¿quieres cambiar tu vida?”
Juan la miró confuso y respondió, “Vale pero…¿como?”
“Mira chico. Tengo cuentas mágicas. Te darán riqueza y prosperidad. Solo necesitas cambiar tu burro por las cuentas” dijo ella. Juan pensó sobre esta proposición por muchos minutos. Su burro era el único de su familia pero él siempre quería tener dinero para mudarse a la cuidad. Las cuentas brillaban y no podía apartar la mirada. Por ultimo él dijo, “sí, podemos cambiar.” La gitana sonrió y rápidamente le dio las cuentas y tomó el burro.
Cuando llegó a casa, su mama inmediatamente vio que él no tenía su burro. Después de explicarle lo que sucedió, ella se puso furiosa con él. “!Por qué se fía de una mujer gitana! Ya le he dicho que ellos son embusteros y ladrones. Eres tan tonto como los turistas” Dijo la madre y después ella lanzó las cuentas por la ventana y envió a Juan a la cama sin darle la cena.
Al día siguiente, cuando Juan se despertó, corrió al jardín para buscar las cuentas mágicas. En el medio del jardín Juan vio un grandísimo árbol de naranjas tan alto que él no podía ver la cima. Juan inmediatamente decidió ir a ver donde conducía el árbol mágico y empezó a trepar al árbol. Después de unos minutos se dio cuenta de que él había parado delante de una ventana abierta. Subió a la ventana y vio una mansión grandísima con jardines magníficos y la habitación más esplendida que había visto. Había teles grandes en cada pared, sofás lujosos, arte magnifico en todas partes con música del acordeón al fondo.


Vio en la mesa esplendida un ipod que el siempre había deseado y una cartera abultada. Abrió la cartera, y dentro había una tarjeta de crédito visa oro.

De repente, oyó pasos fuertes en la entrada.

Juan se asustó y corrió hacia la ventana y empezó a bajar por el árbol. Podía oír alguien gritando, pero después de unos minutos saltó por el árbol y vio a su familia esperándole.
“¡Ayúdame, Ayúdame!” gritó. Uno de sus hermanos corrió a la cabaña cerca de su casa y trajo un hacha. Su madre lo agarró y empezó a talar el árbol con una velocidad increíble. El árbol se cayó rápidamente con un ruido sordo.
La madre respiró y lo preguntó, “¿qué fue eso?” Juan explicó cómo había encontrado el naranjo mágico y la mansión. La madre miró a Juan un poco tristemente y dijo, “pero Juan, ¿por qué necesitas estas cosas? Nosotros tenemos todo que necesitamos aquí.”
Juan respondió, “Pero mama, quiero más. Quiero vivir en la cuidad donde puedo ganar más dinero, tener un coche y vivir en el mundo moderno.”
“Pero tu familia vive aquí. No quieras vivir en el mundo moderno. Las familias no son tan grandes, no viven todas juntas ni gastan mucho tiempo juntas cómo en el pasado. Los valores han cambiado. ¡Muchas familias ya no asisten a misa!” respondió la madre.
“¡Mama los cambios no son tan malos! Hay más oportunidades, para todas las personas, incluso las mujeres, y quiero ser parte de este mundo nuevo” Juan suplicó.
La familia de Juan le miraba con maravilla con la misma pregunta en sus mentes. ¿Qué haría Juan con su riqueza nueva? ¿ Se quedaría con su familia en el pueblo tradicional o iría a la cuidad para una vida nueva?

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